jueves, 17 de mayo de 2007

MALDITAS ZAPATILLAS

Hoy no es un día para hablar de zapatillas, aunque tal vez nunca existirá ese día; en fin, las zapatillas serán una excusa para hablar, nada más hablar de lo que tengo en mente, que no es mucho pero, por lo menos, es algo.
Pienso que las zapatillas son nada. Pero nada es algo que es, entonces las zapatillas son, aunque sean nada. Las zapatillas son algo desagradable de pensar, útil de usar y estéticamente considerables. Lo útil que puedan ser y lo bellas u horribles que son, quedará para criterio de cada cual y no será algo en lo que me detenga, no por tiempo ni espacio, sino, por lata momentánea.
Las zapatillas son algo desagradable de pensar; he dicho. Imaginar, por ejemplo, el Paseo Ahumada, en su hora más transitada, es lo peor que podríamos hacer… no son sólo miles de personas, ¡no!, son personas y son zapatos: por cada persona dos zapatos. Anulemos, ahora, a los seres vivientes, hagamos un esfuerzo de abstracción, fijémonos sólo en las zapatillas: el Paseo Ahumada es un mar de zapatillas que deambulan de a par, objetos inertes que, por algún motivo inmotivado, adquieren movimiento. Me da susto. El metro en su hora pic, me da susto. Subirme a un ascensor y percatarme de que estoy encerrada con cuatro pares de zapatillas, sólo con cuatro pares, es de terror. Es así; toda la ciudad reducida a edificios y zapatillas que entran y salen de ellos, que suben y bajan. Hay zapatillas que vuelan, unas encima de otras, zapatillas muertas bajo las camas, zapatillas que se venden en las vitrinas, zapatillas y zapatillas, zapatos, tacones y otros.
Una vez trabajé en una zapatería (Camper), por lo que sé de qué hablamos cuando decimos ZAPATOS (zapatillas, botas, botines, etc.), y me siento con todo el derecho para despotricar contra ellos. Después de trabajar cuatro meses ahí, terminé odiando, más que los zapatos en sí, el acto de ir a comprar zapatos. Entiendo a la Isa cuando dice que quiere ir a comprarse unas zapatillas bacanes a Likuid, pero la verdad es que, cuando ves, día tras día, a esos especímenes amorfos (jijiji), que tienen un zapato en la cabeza, yendo a comprar, y sólo COMPRAR, sus queridos zapatos número 35, 38, 40, 45… te aburres y empiezas a detestarlos. No te miran, apenas te saludan, tú no existes, sólo son los zapatos y ellos (entre medio: la RedCompra). Además en la tienda en que yo trabajaba, iba nada más que gente con mucha plata, bueno eso da lo mismo, o no sé, pero el hecho es que los zapatos eran tan caros que cuando aparecía una vieja que ni titubeaba y se llevaba tres pares, daba cosa, es decir, uno se ponía a pensar cuánta plata podía tener esa señora… imagínense que los zapatos más baratos costaban 60 lucas, y los más caros 120!! Es como mucho, digo yo…
En fin, lo único bueno de trabajar ahí, además de la gente que conocí y del dinerillo que gané, fue que me regalaron unos zapatos hermosos, inalcanzables para mis bolsillos (y los de mis papis). Y lo malo, es que ahora tengo el cerebro atrofiado, y me pasa esto que les cuento, que no soy capaz de completar la figura humana caminante, sino que sólo veo zapatos, sólo zapatillas corriendo y saltando en un gimnasio, sólo zapatillas dentro de cajas invisibles ordenadas en estanterías imaginarias. Sólo botas que suben y bajan escaleras de aire, sólo tacos que bailan soleá por bulería, en medio de un tablao que no suena.
Siento que hay una plaga, una invasión de zapatos, algo raro está pasando…y aquellas personas que terminé odiando, que sólo pensaban en zapatillas por comprar, han desaparecido y las rebeldes zapatillas han tomado vida propia y andan por las calles riéndose de lo ridículo que son los seres humanos.
Ahora mis amigos me dicen que me relaje, que calme los ánimos, que me distraiga, pero no encuentro la forma. En un rato, mi amiga Matilde me llevará a tomar helados (dice que son buenos para enfriar la mente) y después iremos a dar una vuelta por ahí, a la calle no, le digo, no quiero que me ataquen los zapatos, pero ella se ríe. Ya viene llegando la Mati, se acerca, termino esto ahora para irme con ella, pero... Nooooo! No es ella, son sus malditas zapatillas amarillezcas con caña enana, que se compró en New York City; son sus zapatillas sonrientes que vienen a por mí!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buen comienzo. Se pierde uno en la medianía del texto. La historia de la zapatería podría haber seguido la idea primera, pero te lleva a otro lado. Ojo con los signos de exclamación y pregunta.
El final pudo haber sido más fuerte.
Ojo con la rabia.

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Somos un grupo(bastante bacán) compuesto por tres literatas, dos publicistas y un periodista. Muchas diferencias entre las carreras,hay una cosa que nos une: La universidad Diego Portales y su clase de Redacción con Jordi y Flor :D!