Me miro las manos y no las reconozco, son verdes y tienen las u as largas, o miro mi entorno y este es de queso, o de plumas. Corro en redondo, grito sin boca, las casas me hablan y los conejos me invitan a tomar el té mientras me veo a mi misma volar por el cielo estrellado.
Mis sueños nunca son lo que realmente quiero, si no un reflejo de lo que soy, teñidos de angustia, ahogados en incertidumbres, mi subconsciente
gritandome y yo, la mayoría de los casos, sin entenderle ni jota.
He soñado muchas cosas en mi vida, y por suerte soy de aquellas que se acuerdan de sus sueños, ¿Suerte? No lo sé en realidad...A veces creo que seria mejor vivir sin aquellos recuerdos de aventuras imaginarias, dicen demasiadas cosas de mi misma, cosas que a veces no me gustaría saber.
Una vez soñé que era un hombre, un vampiro rubio que corría por Santiago, al final, me encerraban en un ataúd y desperté temblando, con un sudor frío que me recorría la espalda.
Otra vez soñé que me comía mi propio brazo. Y dolía una mierda.
Desperté babeando.
La verdad, si lo pienso un poco, si no me acordara, las cosas serían igual, la sensación al despertar es la misma... Jamás he podido ser como esas princesas de las películas que despiertan bellas y calmadas de un sueño reparador, no, yo soy de esas niñas que de un sobresalto entran en el mundo de la conciencia.
A punta de golpes contra la muralla, sabanas enredadas y pesadillas incoherentes.
Aún así me gusta soñar, jugar que soy otra, que soy dios en algunos casos, pero lo mio es soñar despierta,
sentadíta en el metro, imaginarme otros mundos, otras historias, pasarme mi propia película en
technicolor.
La gente me mira raro cuando sonrío sola en la calle, para ellos es solo el centro en la tarde, para mí hay una madeja de tramas y enredos que solo yo conozco, que son mi propia historia.
Eso es lo bonito de la imaginación, uno jamás se aburre.